Toda alma razonable tiene como fuente al verdadero Dios. Ella debe elegir lo que agrada a Dios y rechazar lo que a él desagrada, ya que el alma conoce en lo profundo de sí misma lo que es bueno y lo que es malo. Dios, que es único, en la energía de su corazón ha concebido una obra precisa y única y esta obra la ha multiplicado magníficamente. Porque Dios es un fuego vivo, un fuego para que respiren las almas, fuego que existe antes del comienzo, origen y tiempo de los tiempos. La voluntad de Dios penetra enteramente el mundo perecedero e inspira el término del mundo, que es la eternidad.
El poder de Dios posee la redondez de un temperamento hecho de equilibrio, no tiene ni comienzo ni fin y posee toda la amplitud para cumplir lo que desea, sin excepción. A la perfección que permite al poder de Dios de someter todo, se une el amor, como una especie de quietud en la acción, ya que el amor cumple perfectamente la voluntad de Dios, fuente de paz. El amor reviste sin embargo diferentes aspectos, tan numerosos como las virtudes que actúan en el hombre ya que el amor es la fuente de todo bien. El hombre debe dirigir hacia ese verdadero sol todas las intenciones de su corazón.
La presciencia de Dios se manifiesta en esa mirada de amor: amor y presciencia se acuerdan entre ellos. (…) El hombre que elige someterse al amor, ama lo que está en Dios, contempla a Dios en la pureza de la fe, no le ofrece nada mortal, sino que habita desde ahora en las alegrías celestes. Dios ha previsto desde la eternidad que vendrá hacia él.