Es largo, Señor, llegar a comprender
que por pura misericordia podemos ser amados,
que ninguna estima,
ninguna admiración,
ninguna confianza
puede venir de usted a nosotros
sin que ella pase por su misericordia.
Es largo, pero llega.
Como un niño ciego y sordo,
sobre las rodillas de su madre,
inmerso en la oscuridad y la soledad,
así descubrimos nuestra alma
sobre las rodillas de su Providencia.
Y de su Espíritu somos investidos,
esa mano derecha del Padre,
como mano materna,
reveladora,
educadora,
que une a la vida a su hijo.
Por pulsión su Espíritu nos guía,
por contacto nos anuncia lo que es.
Con su cubierta silenciosa,
insemina nuestro corazón con semilla de palabras.
A las palabras que decimos en nuestra soledad y oscuridad,
responde el silencio de su Espíritu,
un silencio que nos rodea con su proximidad
y nos enseña.
Alcanza con saber, que nuestros ojos son verdaderamente
incapaces de ver
y nuestros oídos sordos
a todo
lo que usted es.

